¿Por qué San Jerónimo y el traductor moderno no son tan diferentes?

 In Más allá de la traducción
Ante todo, ¡feliz día de la traducción! Hoy es nuestro día, hoy nos quitamos la capa de invisibilidad como magos de la lengua que somos y mostramos al mundo nuestro trabajo de lectura, análisis, comprensión y conversión de palabras, frases y sentidos como unos auténticos alquimistas que están a punto de tornar el plomo en oro. Y es que eso es lo que hacemos y lo que, en su día, hace siglos, ya hacía San Jerónimo, nuestro patrón: traducir, transcrear y pulir todo lo posible un texto para que el lector no bilingüe lo reciba de la misma forma que un hablante nativo, es decir, con asombro, miedo y fe. ¡Con la Iglesia hemos topado! La traducción de la Biblia de San Jerónimo del griego y el hebreo al latín, más conocida como “La Vulgata” permitió al cristianismo sumar un gran número de fieles en el Imperio romano y fue la versión que se utilizó para todo, hasta 1979, cuando algún sabelotodo corrigió “algunas cosillas”. Ni los más santos se libran de la mano de acero de los revisores.
San Jerónimo se apartaba de las masas enloquecidas que reconocían con aplausos, silbidos y lujos su gran obra, igual que un verdadero traductor huye de cualquier espacio de coworking moderno donde, pese a socializar con alguien más que con su mascota, corre el peligro de tener que revisar el CV del primo del de la mesa de enfrente, que quiere trabajar en el extranjero.
San Jerónimo quiso, voluntariamente, encerrarse en una cueva de Belén cerca del lugar de nacimiento de Jesús durante 35 años, sin necesidad de que una pandemia mundial le obligara a ello. Es decir, igual que los traductores, que ya en marzo podíamos dar a todos los novatos del teletrabajo un sinfín de consejos acerca de gestión del tiempo y del estrés, productividad y concentración, basados en nuestra valiosísima y larga (muy larga) experiencia en la “traducueva”.
Con todo esto, aprovechamos este día tan nuestro para acortar las distancias que nos separan de las grandes hazañas de la historia, mirar con perspectiva el presente y con valentía el futuro. Las tecnologías evolucionan y nosotros con ellas: la traducción automática se convierte en ese molesto vecino de arriba que pone la música fuerte cuando tú no has terminado de trabajar: le odias al principio pero, después de un rato, tarareas la canción como si nada. O, como le pasaría a San Jerónimo, ese pastor con el rebaño de ovejas que balan incesantemente a la entrada de la cueva, pero que luego te ofrece unas viandas frescas para los días venideros. Seguiremos adelante, como hemos hecho desde hace siglos, a la luz de las velas o con cinco dioptrías de más en cada ojo; con pluma y papel o desde la nube, pero sin dejar de arrojar luz a los textos más oscuros.
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